JOHN STUART MILL. SOBRE LA LIBERTAD - 1859.
1. El
objeto de este ensayo no es el llamado libre albedrío, sino la libertad social
o civil, es decir, la naturaleza y límites del poder que puede ser ejercido legítimamente
por la sociedad sobre el individuo.
La
lucha entre la libertad y la autoridad es el rasgo más sobresaliente de las
épocas históricas de Grecia, Roma e Inglaterra. Pero, en aquellos tiempos, la
disputa se producía entre los individuos, o determinadas clases de individuos,
y el gobierno.
Se
entendía por libertad la protección contra la tiranía de los gobernantes
políticos. Así que los patriotas tendían a señalar límites al poder de los
gobernantes: a esto se reducía lo que ellos entendían por libertad. Y lo
conseguían de dos maneras: en primer lugar, por medio del reconocimiento de
ciertas libertades o derechos políticos; su infracción por parte del gobernante
suponía un quebrantamiento del deber y tal vez el riesgo a suscitar una
rebelión general. Otro recurso de fecha más reciente consistió en establecer
frenos constitucionales, mediante los cuales el consentimiento de la comunidad
o de un supuesto representante de sus intereses, llegaba a ser condición
necesaria para los actos más importantes del poder ejecutivo.
En la
mayoría de los países de Europa, los gobiernos se han visto forzados más o
menos a someterse al primero de estos modos de restricción. No ocurrió lo mismo
con el segundo; y llegar a él, se convirtió en todos los lugares en el objeto
principal de los amantes de la libertad.
La
idea de que los pueblos no tienen necesidad de limitar su propio poder, podría
parecer indiscutible si el gobierno popular fuera una cosa solamente soñada o
leída como existente en la historia de alguna época lejana. Sin embargo, llegó
un tiempo en que la República democrática vino a ocupar la mayor parte de la
superficie terrestre. Y se
llegó a pensar que frases como "el poder sobre sí mismo" y "el
poder de los pueblos sobre sí mismos" no expresaban el verdadero estado de
las cosas; el pueblo que ejerce el poder no es siempre el mismo pueblo sobre el
que se ejerce, y el gobierno de sí mismo, de que se habla, no es el gobierno de
cada uno por sí mismo, sino de cada uno por los demás.
La
voluntad del pueblo significa, en realidad, la voluntad de la porción más
numerosa y activa del pueblo, de la mayoría, o de aquellos que consiguieron
hacerse aceptar como tal mayoría. Por consiguiente, el pueblo puede desear
oprimir a una parte de sí mismo, y contra él son tan útiles las precauciones
como contra cualquier otro abuso del poder. Por esto es siempre importante
conseguir una limitación del poder del gobierno sobre los individuos, incluso
cuando los gobernantes son responsables de un modo regular ante la comunidad,
es decir, ante la parte más fuerte de la comunidad. Dondequiera que exista una
clase dominante, la moral pública derivará de los intereses de esa clase, así
como de sus sentimientos de superioridad. La moral entre colonos y negros,
entre príncipes y súbditos, entre nobles y plebeyos, entre hombres y mujeres,
ha sido casi siempre fruto de estos intereses y sentimientos de clase.
El
objeto de este ensayo es el de proclamar un principio muy sencillo encaminado a
orientar de modo absoluto la conducta de la sociedad en relación con el
individuo, en todo aquello que sea obligación o control, bien se aplique la
fuerza física, en forma de penas legales, o la coacción moral de la opinión
pública. Tal principio es el siguiente: el único objeto, que autoriza a los
hombres, individual o colectivamente, a limitar la libertad de acción de
cualquiera de sus semejantes, es la propia defensa; la única razón legítima
para usar de la fuerza contra un miembro de una comunidad civilizada es la de
impedirle perjudicar a otros; sin embargo, para que esta coacción fuese
justificable, sería necesario que la conducta de este hombre tuviese por objeto
el perjuicio de otro. Para aquello que no le incumbe más que a él, su
independencia es, de hecho, absoluta. Sobre sí mismo, sobre su cuerpo y su
espíritu, el individuo es soberano. Apenas si es necesario decir que este
principio aplica a los seres humanos que se hallen en la madurez de sus
facultades. No hablamos de niños ni de jóvenes de ambos sexos que no hayan
llegado al tope fijado por la ley para la mayoría de edad. Aquellos que están
en edad de reclamar todavía los cuidados de otros, deben ser protegidos, tanto
contra los demás, como contra ellos mismos.
Pero
hay una esfera de acción en la que la sociedad, como distinta al individuo, no
tiene más que un interés indirecto. Nos referimos a esa parte de la conducta y
de la vida de una persona que no afecta más que a esa persona, y que, si afecta
igualmente a otras, lo hace con su previo consentimiento y con una
participación libre, voluntaria y perfectamente clara.
Comprende,
en primer lugar, el dominio interno de la conciencia, exigiendo la libertad de
conciencia en el sentido más amplio de la palabra, la libertad de pensar y de
sentir, la libertad absoluta de opiniones y de sentimientos, sobre cualquier
asunto práctico, especulativo, científico, moral o teológico.
En
segundo lugar, el principio de la libertad humana requiere la libertad de
gustos y de inclinaciones, la libertad de organizar nuestra vida siguiendo
nuestro modo de ser, de hacer lo que nos plazca, sujetos a las consecuencias de
nuestros actos, sin que nuestros semejantes nos lo impidan, en tanto que no les
perjudiquemos, e incluso, aunque ellos pudieran encontrar nuestra conducta
tonta, mala o falsa.
En
tercer lugar, de esta libertad de cada individuo resulta, dentro de los mismos
límites, la libertad de asociación entre los individuos; la libertad de unirse
para la consecución de un fin cualquiera, siempre que sea inofensivo para los
demás y con tal que las personas asociadas sean mayores de edad y no se
encuentren coaccionadas ni engañadas. No se puede llamar libre a una sociedad,
cualquiera que sea la forma de su gobierno, si estas libertades no son
respetadas por él a todo evento; y ninguna será completamente libre, si estas
libertades no existen en ella de una manera absoluta y sin reserva.
La única
libertad que merece este nombre es la de buscar nuestro propio bien a nuestra
propia manera, en tanto que no intentemos privar de sus bienes a otros, o
frenar sus esfuerzos para obtenerla. Cada cual es el mejor guardián de su
propia salud, sea física, mental o espiritual. La especie humana ganará más en
dejar a cada uno que viva como le guste más, que en obligarle a vivir como
guste al resto de sus semejantes.